A los medios les encanta comparar a Obama con Luther King. Y, estoy seguro, Obama sentirá como su ego engorda varios kilos cada vez que algún periódico, o radio, o televisión, hace el “precioso” palarelismo entre el I have a dream y el Yes, we can.
Columnistas, todólogos y tertulianos afirman que Obama es la reencarnación del pastor negro, el luchador por los derechos de los negros y los pobres de Estados Unidos. Obama sonríe, aplaude y se aplaude. El nuevo Luther King, artífice de la renovación espiritual (sea lo que sea eso) de EEUU; el nuevo Kennedy, invasor de Cuba; el nuevo Roosevelt, protector de los desfavorecidos y de los dictadores como Maximiliano Hernández de El Salvador o Trujillo de la República Dominicana.
Quizás Obama sonría menos, no se, si le recordaran algunas frases de su alter ego. Alguna, como la siguiente:
Sabía que no podría volver a alzar mi voz de nuevo por los oprimidos en los guettos si no hablaba primero del mayor generador de violencia en el mundo hoy: mi propio gobierno.
O quizás siga sonriendo, si llega al gobierno, mientras esta frase le rebota en su mente y sigue, con fe absoluta en su bondad, viendo morir bajo sus balas a pueblos de Afganistán, de Colombia, de Palestina o del que toque liberar.