Hemos estado en las ruinas jesuíticas de San Ignacio, en la provincia argentina de Misiones. Hemos visto la plaza y la iglesia con hierba alta, árboles creciendo sobre pilares de piedra y las cerámicas realizadas por los moradores de esta población, indios guaraníes cristianizados. El guía nos ha hablado sobre las batallas de los indios contra los mamelucos, mulatos brasileños lanzados a la caza de esclavos, y de las campañas militares de Andresito Artigas, hijo adoptivo del prócer oriental, defendiendo estos campos contra la dictadura paraguaya, el puerto de Buenos Aires y las tropas españolas. Nos han dicho que todos estamos en deuda con ese pueblo guaraní que aquí defendió las ruinas que ahora hemos visto.
Luego hemos comido en el pueblo, en un restaurante para turistas. Un hombre, blanco, alto, bien vestido, cantaba para la exultante audiencia los grandes éxitos de la caspa musical del siglo XX. Ha cantado, y dedicado a una de las mesas, la canción Amigos para Siempre. Después, riendo, ha dado paso a un cantante guaraní. Él tocaba un viejo violín con un arco hecho de caña. Los turistas han aplaudido, han reido. Alguno ha arrojado monedas mientras fotografiaba, con su móvil, al extraño y divertido bicho de feria. El bicho era, según nos dijeron, el cacique de todas las comunidades guaraníes argentinas.
Se desmayó mientras cantaba.
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Fumo un cigarro en la puerta de la oficina, en Paysandú. Se me acerca un hombre preguntando si se ha acabado el plazo para presentar proyectos al Presupuesto Participativo. No, aun tiene unos días. Me cuenta que le está costando conseguir algunos apoyos, que la gente no mira al futuro, que hay mucho bruto en Uruguay. Me sintetiza el problema nacional:
- Seguimos siendo indios.