La última vez que estuve en Venezuela vi, de cerca, como se desarrollaba la campaña de cara al referendum para la reforma constitucional del 2 de diciembre. Vi como la oposición encerraba a 150 estudiantes de izquierdas en la Facultad de Trabajo Social de Caracas y como prendían fuego, la derecha, al edificio; vi a los periódicos indignados por la violación de la autonomía universitaria, porque los bomberos entraron en la universidad; y vi que para España los verdugos eran las víctimas.
En Mérida conocimos a los libreros de una cooperativa. Tenían libros de El Viejo Topo, de filosofía, de historia, de arte. Por las tardes recitaban poesías o veían películas. Compré un libro de Michael Lebowitz, El Socialismo no cae del cielo. Nos llevaron a un pueblo cercano, a un acto por el aniversario del nacimiento de Alí Primera, en el que se habló de la importancia de la lectura en la construcción del socialismo.
Cuando volvimos a la librería, creímos que estaba cerrada: un escritorio se atravesaba en la puerta y había varios libros desperdigados. Luego nos explicaron que una manifestación de estudiantes opositores había pasado frente al local, lo habían atacado, habían intentado asaltarlo. Los trabajadores se habían atrincherado tras la mesa de estudio y habían utilizado los libros como escudos.